El que se va no vuelve aunque regrese.

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El desgarro más grande es el regreso sin re-posesión, sin re-toma de los territorios. El vernos sustituidas por nada, ver que la propia adaptación al nuevo medio, la propia evolución personal se pone a nuestra contra  en el viejo campo de batalla. Esto puede ser una experiencia refrescante o un doloroso y desconcertante regalo de bienvenida.

Escenario: Objetivamente el mismo. Mi Málaga natal conserva la intensidad y el encanto, me recibe altiva y consistente, con su olor a dama de noche y sus 38 grados a la sombra. No me sorprende. El mundo cambia con infinita lentitud, pero yo regreso distinta, reconocible apenas por el nombre, y ese cambio no pasa desapercibido a ojos de los de los demás. Asimismo, mis ojos traen nuevas maneras de observar, y la provincia aunque idéntica a sí misma, parece otra.

Volver es un forcejeo por re-apoderarse una ciudad distinta – distinta cada vez, porque cambian los ojos que la miran. Es reencontrarse con cosas inexistentes, con yos extintos, con fantasmas de una misma que quisimos dejar atrás y que, de algún modo, siguen vivos. Me los encuentro por las esquinas de las miradas de los antiguos amigos, en los pasillos oscuros, en los deslices del habla, en la decepción del gesto. Y no son fantasmas convencionales, porque me observan extraños, desconocidos, desconocedores, y me asedian con la misma pregunta que a mi me baila en el filo de los labios. ¿Quién, de las que yo era, eres tú? ¿Qué Dios cruel te ha puesto mi cara y te ha depositado en los recovecos de mi ciudad, MI ciudad? – No es tuya, la perdiste conmigo.

Me tienta la culpa, la amenaza del EMPEORAMIENTO, del DETERIORO. Mis decisiones, mis evoluciones ya no son aliadas. Pierden su tono áureo y se evapora el orgullo, pareciere que no forman ya parte de mí, que me persiguen también y se contraen del dolor por mi añoranza a esa otra que ocupa mis lugares: Rezo por una posesión fantasmal – de ella a mí – que me devuelva mi casa, que me devuelva a los amantes a los que monopoliza con su misterio adolescente. (Mis amantes, me los ha robado la puta, la de la lengua viperina, la de los pechos de cascabel y la inocencia intacta. Qué atraída se siente por los tormentos, y qué atracción la de mis amantes por las atormentadas.)

Quien vuelve, ha de luchar por el espacio cedido al recuerdo. Por aceptar la pérdida de una misma, la muda de la piel y – en ocasiones – de los órganos. Y con la pérdida de la otra, sus conquistas. Pues cuando yo me fui, ella se quedó guardando las llaves, perfumando las sábanas, contoneándose translúcida ante la mirada atónita de mis amantes y mis amigos – examantes, examigos. Y esa pérdida, ese rechazo de los demás al redescubrirte cambiada es el culmen del didactismo, del crecimiento personal, de la auto-aceptación. Comprender que no solo no se puede gustar a todo el mundo, sino que distintas versiones de una misma agradan y desagradan a distintas versiones de los demás. Que el tiempo otorga el don de generar indiferencia, del que se carece tan rotundamente durante los diecitantos – También pierdo enemigos, y no es menos desagradable que perder amantes.

Por último, volver es un ejercicio de orden pausado, de inventario de existencias, de reminiscencia y priorización de los vínculos que no se basan en el “estar” – la parafilia por el estado, por la “característica” – sino en el “ser”.  Los que se alimentan de la indefinición y del espacio muerto (que en realidad está hinchado de vida) entre los fotogramas. Quien vuelve, revaloriza el amor y se desencanta del gusto: Lo transicional, lo evolutivo cobra una importancia infinitamente mayor que la fijación caprichosa del apetito.

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