La paradoja del autoerotismo.

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Lo erótico es, por definición, aquello despierta deseo sexual o atracción. Si apuntamos al otro lado del espectro, hallamos lo repulsivo, mientras que de la ausencia del uno o el otro se deduce, como siempre, la indiferencia. Ahora, si la indiferencia es la ausencia de erotismo, entonces la diferencia debe de ser su culmen. Y es que si examinamos esto con atención, resulta que lo erótico, a fuerza de coincidir con lo atractivo, acaba por identificarse con lo diferente – o si se quiere hablar con propiedad, con una cierta selección más o menos amplia, más o menos específica, pero brutalmente variable de lo diferente. Si bien se podría sostener que hay filias en las que la atracción se manifiesta hacia lo similar o lo cercano, lo que alimenta estas dinámicas eróticas es, precisamente, la presencia de lo similar en algo distinto a lo propio – o, por lo contrario, la presencia de lo diferente en algo que presuponemos, es similar a nosotros mismos.

El incesto lo excluyo de estas líneas, ya que en su caso, la atención (la atracción) se des-localiza y se desvía del sujeto. El erotismo incestuoso se convierte en un ejercicio casi exclusivo de erotismo psíquico, de estimulación a través de lo contextual. El otro sujeto es solo el soporte físico de su fantasía, el portador de las condiciones adecuadas para la estimulación de su sexualidad circunstancial. Podría decirse, el coito sucede entre un hombre y un concepto.

La atracción, pues, parece estructurarse de lo externo al yo y del yo a lo externo. De un algo a otro. Es el desplazamiento – direccionamiento – de fuerzas que surge al contacto de dos energías distintas. Por lo tanto, ese fenómeno de auto-erotismo –o auto-repulsión – tan tangible en el género femenino no pueden ser explicados más que por una disociación del ser. Un préstamo de una parte de mí a otra parte (propia) de la que me divorcio, a la que detecto como ajena.

Es una exotización, un auto-misticismo que Cixous explicaría desde las influencias machistas en la mujer: El miedo del hombre a la mujer que se revela completa, inalterable , a pesar de todo, por la verticalización de la diferencia (la diferencia instala sus dos variables en un plano vertical y en consecuencia las relaciones de atracción se articulan como relaciones de dominación, de superioridad) hace que la única alternativa a ese miedo sea ocultar a la mujer de todos, incluso de ella misma. De ahí la mujer/misterio, la mujer/desconocida/desconocedora, el continente negro de Helene, la mujer mistificada que, a fuerza de impedirle la exploración propia, acaba por creer que no se conoce. Se siente desconocida (diferente) de sí misma.
Y no solo me presto a otro, sino que los intereses que aquel lleva por bandera son, en principio, exclusivos de ese otro, nunca míos. En la parte que me han robado – pues más que un préstamo es un robo – sucede entonces, como en lo legal, una implementación doméstica: Los intereses de la industria de la moda, los contratos de la atracción masculina hacia la mujer – dos cosas que al final son lo mismo – forman parte, de repente, de mi base de datos. Los auto-matizo, los hago míos.

Quedo equipada con una nueva capacidad para sentirme atraída o repugnada por mi propio cuerpo, que se ha transformado en una entidad separada que desea y ambiciona una “perfección” extraterrestre. Lo que yo debería ser es distinto a lo que soy. La relación con mi cuerpo se convierte en un continuo examinarme en el espejo y sentir más propio un estándar de belleza inoculado que mi propia materialidad. Tanto es así que me disgusta no poder reconocerme en mi realidad física, y me agrada deformarme hasta hacerme coincidir con la silueta de sus maniquís agónico.

Me dice Hélène Cixous al oído que no tema a la división del “Yo”, pues es síntoma de la indivisibilidad triunfante del ser: Puedo habitar lo femenino y lo masculino, lo hermoso y lo feo, lo activo y lo pasivo a la vez, puedo trascender sus barreras lingüísticas, reconciliar a los “opuestos” sin que esto suponga una anulación o una contradicción, sino una maravillosa extensión de mi misma. Pero esta extensión que me hace múltiple no debería provocar la alienación de las partes. El cuerpo debería ser una realidad presente, contundente, no el potencial de una estética – si acaso el potencial de un movimiento, de un estado, de un embarazo. Y yo, por fin desprovista de todo pudor, ser la poseedora incuestionable de cada una de mis esquinas.

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