Reflexiones sobre el Brexit y el 26J de una española viviendo en Escocia.

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Cartas II: El Brexit ha tenido un gran impacto en las elecciones generales españolas. 

Es un honor anunciar que soy la orgullosísima autora de una carta al director que ha sido publicada en el periódico escocés The National. Más abajo, la versión completa y traducida de la misma.

La noche del 23 de Junio me dejó con la boca abierta y el corazón roto. Tras seguir durante largos meses una campaña que resultó ser sencillamente decepcionante, no me quedó otra opción que hundirme en un profundo sentimiento de tragedia. El resultado del referéndum no tenía – ni tiene – para mi más explicación que la injustificada falta de interés del pueblo británico en lo que yo describiría como una verdad arrolladora. Y es que desde un primer momento, los principales y más fiables aliados del Reino Unido no cesaron de recordarnos que la pregunta formulada el jueves pasado, al menos en lo que concierne al bienestar económico y político, tenía una única respuesta correcta. Aun así, las cifras finales evidenciaron la fuerza, la eficiencia de la desinformación, el fanatismo y por supuesto, de esa manera tan isleña y chovinista de actuar de la que algunos británicos llevan siglos jactándose. El referéndum fue, en esencia, más que un ejercicio de soberanía popular, el síntoma de la ignorancia endémica de Gran Bretaña, la negligencia de las obligaciones políticas de sus ciudadanos y en demasiados casos, de un odio latente a todo lo foráneo – he sido insultada copiosamente por una proporción considerable del pueblo británico, no acallo ya mis críticas. Es sobrecogedor, pero desde la última semana me encuentro rodeada de británicos que, desolados, afirman sentir náuseas ante el concepto de “britanidad” o la mera visión de la Union Jack. Si la inestabilidad económica y política no les parecía suficiente, el Brexit ha sido una mina para la acentuación de las divisiones territoriales. Enhorabuena “patriotas”.

Pero no soy solamente una residente en Escocia, y el referendum acerca de la permanencia en la UE no ha sucedido, por desgracia, de manera aislada esta pasada semana, sino que se ha reflejado también en las elecciones generales españolas. No solo los británicos han emitido su voto desde la ignorancia, el miedo, y una actitud política trasnochada. Resulta que tampoco fueron los británicos los que inventaron el scaremongering (en inglés, término para alarmismo, pánico “cundido”, generado en masa y normalmente de forma infundada), siendo esta el arma por excelencia de un PP obsesionado con el exterminio de los partidos emergentes – o de emergencia – y de la amenaza de una tercera ronda de elecciones, por no mencionar la germinación de un desinterés a escala nacional por la moral, la política, y lo crucial de un lazo entre ambos. No me sorprende que el partido record en imputaciones y condenas por corrupción, se haya hecho también con un número record de escaños en el Congreso. Aun así, fue la incertidumbre que floreció tras el resultado del referéndum la que añadió trece escaños extra – la guinda del pastel – a la interminable lista de trofeos inmerecidos del PP. Como era de esperar, fue la estabilidad institucional (que no otra cosa) de los partidos enraizados, viejos de nuestra democracia los que se antojaron apetecibles a una población presa del miedo apenas tres días después de que Inglaterra y Gales votaran el Brexit, arrastrando a Escocia e Irlanda del Norte tras de sí, sesgando el valor de la libra a mínimos históricos y desencadenando, por último, el cumplimiento premonizado de las profecías auguradas por la campaña del Remain con las que estos, hablaban las malas lenguas, habrían tratado de asustar a la población británica.

Y aunque estaba bien informada de nuestra alergia a la democracia y a la autodeterminación, nunca podría haber imaginado el modo en el que esto afectaría a mi futuro en Escocia: Mariano Rajoy se ha manifestado rotundamente en contra de toda negociación con la región británica acerca de su posible estatus de miembro de la UE, pues estas negociaciones nunca se han dado entre la Comisión European y una región de un estado miembro – ¡Qué peligrosísimo precedente de evolución de un organismo democrático! ¡Qué nefasto y tentador camino ante los pies de los Catalanes! Si la voluntad de los escoceses de permanecer en la UE fuese respetada, otras regiones de otros estados miembros podrían entonces seguir sus pasos. ¿Qué pensarían los catalanes? Quizás se percatarían de que la independencia es una opción razonable, adulta, digna, y perderían el miedo a defenderla sin tapujos. Quizás se darían cuenta de que les sobran las razones para mostrarse indignados porque, durante años, no se les ha permitido opinar acerca de lo que consideraban merecer. Incluso el resto de los españoles podrían llegar a pensar que un gobierno que discute el cambio, cualquier cambio, y lo hace efectivo no tiene nada de populista o de extremista, y que en una sociedad civilizada, esto debería ser algo tan rutinario como lavarse los dientes, o como ir a votar. ¡O incluso peor! Que en un estado democrático, perseguir el cambio no es algo de lo que uno deba estar asustado. Al fin al cabo, la mejor cura para la ambición es cegar a los ciudadanos ante su propio potencial para construir un mundo mejor.

A pesar de ello, soy una ciudadana de la Unión Europea que escogió depositar su futuro en las manos de una nación que, hasta ahora, solo me ha dado bienvenidas cálidas y despedidas afligidas – y no al contrario. Ahora que una vez más ha sido reflejado en las cifras, he de admitir que nunca reconocí a esa nación como el Reino Unido, sino como Escocia. Si alguna vez me he sentido rechazada o dejada de lado en este país, nunca ha sido bajo el subsidio y el cuidado cariñoso del Gobierno escocés y sus gentes. Nunca, en el país en el que vivo, estudio y trabajo de forma permanente, se me ha negado el derecho a votar acerca de asuntos que me conciernen directamente. Nunca se me ha tratado como a un número  que debe ser reducido o eliminado, parte de una plaga venenosa de immigrantes sin rostro que no merecen reconocimiento por el esfuerzo y la contribución económica y cultural que invierten desinteresadamente en el país en el que habitan, cabezas de turco de los estragos de aquella crisis económica.

Y aún cuando encender hoy la BBC significa tener que escuchar a un votante desenfrenado de Ukip especulando con mi libre derecho de imaginar un futuro en el país al que he llegado a amar, estoy orgullosa, feliz por haber elegido venir aquí. Cuando las razones por las que decidí venir a Escocia son tergiversadas y traducidas a un intento egoísta de dañar el estado de bienestar de mis huéspedes, me siento feliz. Pero lo que me hace sentir más orgullosa es que, mientras el Reino Unido se forja una identidad narcisista, xenófoba y cerrada, Escocia sigue estando a la altura de mis expectativas, y a la de las de la mayoría de Escoceses. Sigue reiterando su inclusividad y esa forma tan moderna de entender lo que significa ser escocés, lo que hace falta para formar parte de una nación. Al menos, tengo la certeza de que aquí se luchará por mi con la misma vehemencia con la que se lucha por aquellos que gozan del privilegio de ser escoceses por nacimiento. Porque sé que soy bienvenida. Porque me siento a salvo.

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