Sobre immediatez e instituciones educativas

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La respuesta que cualquier joven española espera de los trabajadores de una facultad al apresurado correo electrónico de una sudorosa estudiante de segundo año en pleno Horror Vacui profesional en su descano de un largo día de bronceado en la Costa del Sol es, se lo aseguro, más bien inexistente.  Por lo contrario, decidirme a probar suerte con una universidad escocesa ha resultado ser una experiencia sin precedentes. Tras apenas veinticuatro horas de espera desde que enviase mi críptico correo electrónico solicitando consejo acerca de mi carrera profesional, recibí un email en respuesta. El contenido era extenso y personalizado, y para entonces yo ya estaba más que satisfecha. No mucho después, recibí una oferta para reunirme cara a cara con un consejero del departamento, rebasando con creces cualquier hipotética expectativa de respuesta del profesorado español – como mucho, la voz resignada de la secretaria de turno, pidiéndome por favor que cierre la boca hasta el mes de septiembre y consulte la página web porque “está todo ahí puesto”.

Lo más inverosímil, sin embargo, fue la mano tendida de mi padre, exhibiendo un sobre beis con el sello del Royal Mail británico. Lo abrí sin prisas, escéptica, bromeando acerca de una posible expulsión de la universidad, y ahí estaba: Un folleto informativo acerca de servicios de orientación profesional de la universidad, en respuesta al correo que había enviado dos días atrás.

La experiencia me ha hecho más consciente de lo inmensamente afortunada que soy de disponer de tal equipo de profesionales respaldándome en mi trayecto educativo. Me hizo recapacitar sobre las exorbitadas sumas de dinero que deben de ser invertidas en el sistema universitario escocés para que esto sea factible. Pero que aún así, puede que con el fin de crear un país cuyos principales valores civiles son el compromiso, la justicia social y un sexto sentido que les insta a obrar en beneficio del bienestar común,  sea más imprescindible de lo que nos imaginamos eso de pagar el envío urgente de folletos informativos para extranjeros indecisos en pleno agosto. Quizás, es esa importancia monumental que se da en Escocia a los “pequeños” detalles – mantener a un equipo de expertos trabajando mano a mano en la optimización del crecimiento personal y profesional de los jóvenes de una nación – lo que hace que se les conozca como la población mejor educada de Europa. Quizás es por esto que estaré siempre en deuda con la nación que ha hecho de mi experiencia una experiencia única. Por muy lejos que vaya, nunca podré alejarme de mi país adoptivo, porque a día de hoy ha hecho ya más por mí de lo que yo jamás me hubiese atrevido a desear. Por supuesto, no se trata de encadenar – económica o moralmente -, pero qué mejor manera de cosechar los frutos de una inversión billonaria que fertilizándola con una manifiesta dosis de entrega desinteresada. Es común cuando se da lo mejor de uno mismo, que se reciba lo mejor de los demás. Un país que estructura sus políticas en base a este principio está destinado a ser fuerte y justo en esencia.

Aunque quizás la verdadera cuestión sobre este asunto es, ¿Qué falla tan estrepitosamente en el sistema educativo español, que una joven de apenas veinte años, al recibir una carta de su institución educativa en el extranjero, se ve tan aturdida e inundada de júbilo que decide compartir la experiencia con la prensa local? Por hacer honor a la verdad, la UMA, junto a otras tantas universidades españolas, ha inaugurado recientemente un servivio de orientación profesional para sus estudiantes. Aun así, por innovador que esto parezca, aun queda un largo camino por delante.

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